Dignidad o La princesa de los meñiques.

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A razón de la presión social que la corte de su reino ejercía sobre sus hombros, la princesa Elizabeth tendría que poner en marcha algún operativo para escoger marido en tiempo record.

De quinientos -quizá más- varones en edad de pretenderla en todo el territorio, entrevistar cara cara a todos estos resultaría agotador y poco práctico. Además, captar las intenciones reales de los aspirantes aún más que imposible.

Su padre, el rey, tenía presupuestado desde hacía mucho aportar cien mil monedas de oro puro como dote al patrimonio del afortunado prometido. Pero en todo caso, y con la inteligencia que ha de acompañar a un monarca de tales blasones -como es natural de suponerse-, le heredaría a Elizabeth la libertad de decidir con quién habría de casarse.

La despierta chica no ignoraba la importancia del gran paso. Lo menos conveniente para el reino y para su felicidad era poner todo ello en manos de un extraño enfermo de avaricia. Así que puso en marcha un plan.

Repartiría doscientas monedas de oro a cada uno de los quinientos candidatos (algo así como un millón de pesos mexicanos de hoy en día) -es decir, la suma total de su dote- con sólo un par de condiciones: tendrían los contendientes trescientos sesenta y cinco días para intentar multiplicar dicho monto (claro está, de manera garantizada y fácilmente demostrable), y -complementario a ello- habrían de permitir que se les amputara el dedo meñique de su mano diestra como muestra de seriedad y compromiso ante el reto, ya que por aquellos tiempos de sequías lo más fácil sería huir con las monedas sin pagar las consecuencias.

Habiendo convocado a los participantes un domingo al medio día en plena plaza del castillo real, sólo dos de los quinientos fulanos no acudieron a la cita. Uno de ellos porque ya no tenía dedos que le sirvieran de aval (perdió ambas manos por reincidir en robo, a sabiendas que la ley en esos años era un tanto literal en sus sentencias), además de un segundo autodescartado que entendió que todo aquello se trataba de una trampa:

“Ninguno de los que hayan aceptado ser privados de una parte de su cuerpo por doscientos trozos de metal merecía ser considerado para convertirse en monarca y desposar a una princesa”.

Después de haber censado al dedillo la asistencia, hasta detectar cuál fue el hombre ausente en aquella jornada de sangre (y de muchos dedos cercenados), los vasallos de la princesa le llevaron el nombre y el domicilio del desinteresado rebelde.

La curiosidad la mataba a tal punto que no quiso esperar al otro día para hacerle una visita.

Al llegar a la modesta y alejada casa del indócil, la muchacha tocó con timidez a la puerta y esperó en compañía de sus escoltas más de diez minutos a que le fuera respondido el gesto. Al encuentro salió un hombre joven, moreno y delgado; de largas barbas, olor penetrante a sudor y manos duras como trozos de madera sin cepillar.

La princesa se presentó cordialmente, y sin aguardar reverencias preguntó al obrero los porqués de no haberse presentado al reto. A lo que el tipo respondió con la seguridad de un sabio y la calma de un anciano

“Para que cuando usted y yo tengamos nuestro primer hijo, no llegue nunca el indigno momento en que el pequeño me cuestione sobre la falta de meñique en una mano”.

 

 

 

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