La inmortalidad de los ajonjolíes.

AJONJOLI 01

Se los obliga a saborizar o -peor aún- a adornar algún pan o platillo de diseño, según especificaciones de la tradición de lo nuestro, de lo siempre humano.

Pasan desapercibidos por nuestra charla y llegan a la boca (suya o mía), para luego a la saliva, donde libran la batalla épica de no enamorarse ciegamente de la lengua, la que opera implacable y persuade a la garganta de, finalmente -entre ambos y en equipo- lograr tragárselos a todos los pequeños,

aunque casi nunca triturarles porque éstos, los ajonjolíes, como ya le he dicho en el título de este texto son inmortales.

Se pasean contra su voluntad por el tracto digestivo y se bañan, temores cero, en los asesinos jugos gástricos sin que la catástrofe les roce, y observan en el intervalo la tragedia de la petulante carne roja, de las verduras, y de todas aquellas especies comestibles que otrora les veían con desprecio y burla por su diminuta escala y su ínfima aportación y protagonismo en la composición culinaria presentada en el plato que seguramente ya estará vacío y en el olvido de alguna tarja lavatrastes.

No hay dispositivos de absorción que a estas alturas de su llegada al intestino hayan podido desmembrar sus propiedades materiales, ni tampoco logrado estropearles el paseo por las tripas (suyas o mías), pues ahora mismo el peso de cada orgullosa semillita es de tonelaje imposible, porque no hubo además, kilómetros atrás, poder divino que lograse desintegrar su corporalidad monolítica.

De aquí en más todo es y será lúdico tobogán para estos huéspedes. Y como los ajonjolíes no tienen narices ni olfato que presumir, los comprometedores olores de las entrañas humanas les resultan inclusive, o bien, digámoslo con atrevimiento, existencialmente irrelevantes.

Y una mañana posterior, la primera o bien una cercana, a la del manjar ingerido (por usted o por mí), la vida eterna -la de ellos, porque ya le dije que son inmortales- les tiene preparada una fiesta de piscina en porcelana, adheridos todos ellos -los triunfantes granitos- a un trozo de materia (vehículo de residuos del que no tiene caso hablar), pero íntegros, y tan frescos como cuando la madre tierra les vio nacer,

en aquella cuna de sésamo, tan barriga al sol.

No habrá descuentos (De las jaquecas del señor Capital).

ARROGANCIA 01

Nuestros compromisos son ineludibles, lamentamos que no esté usted en pos de pagar la cuenta acumulada para con nosotros, a razón de haberle prestado en el pasado recién nuestros servicios.

Somos un corporativo serio y, muy a pesar de comprender la situación de la gran mayoría de los especímenes que componen la folclórica humanidad en este apocalipsis provocado, estamos tristemente imposibilitados de bajar nuestros costes o bien, de convenir prórrogas a los más necesitados.

La vida continúa, sepa usted, y nuestros trajes grises siguen requiriendo tintorería, nuestros zapatos alto brillo y lustre, y nuestras cabelleras gomina en generosas cantidades.

Demasiado pesar es para nosotros tener que abstenernos de ir al club deportivo a sesiones de vapor o sauna, debido a las medidas sanitarias precautorias establecidas por los gobiernos federales mundializados para beneficio de usted, de mí, de nosotros, de ustedes y de ellos.

El gerente -como ya se imaginaba- no lo puede recibir, así que haga el favor de pasar a la caja, formarse con paciencia y liquidar el histórico adeudo.

Es un placer servirle. Sírvase llenar antes de irse la encuesta de satisfacción que habrá de llegarle automáticamente por mensaje a su teléfono móvil.

Chapoteadero (el noviazgo solía ser un fraude)

NOVIOS 01

En una tierra muy lejana hace mucho, pero mucho tiempo, las instrucciones en los librillos de la vida cómoda, burguesa, decían en sus páginas intermedias de sus tomos de mayo y junio que el verano era, sin lugar a dudas, el mejor momento del año para chapotear.

Así que -páginas más adelante- se ofertaban descuentos en trajes de baño, camas inflables y flotadores salvavidas en los sitios online de los supermercados, además de direcciones web de balnearios y hoteles boutique, para estrenar las compras que cada optimista se había procurado.

Era tiempo para el apareamiento social.

Ya fuera con previa cita -habiendo elegido la compañía adecuada-, o con la intención y esperanza de encontrarse con algún atractivo desconocido en los alrededores de una alberca, los humanos nos alistábamos para la aventura del cortejo.

Una vez encontrándose en pares los interesados (y ya después del natural intercambio de miradas, no sin antes propiciar una exhaustiva comparativa entre los otros especímenes a los alrededores, con el fin de procurarse la mejor de las compañías), se estilaba convocar a las familias de ambos al recinto turístico, para invitarles a contemplar a corta y controlada distancia cómo éstos caminaban lentamente y de la mano rumbo a una piscina poco profunda y de temperatura amable para pasar mucho tiempo juntos.

A ello se le llamaba por entonces “el Noviazgo”.

Dependía de la precocidad de los jóvenes entusiastas, o bien, de la presión de sus allegados, el momento en que habrían de formalizar su relación posterior ello al jugueteo con el agua tibia, las charlas cotidianas, y el intercambio de caricias furtivas, para por decisión propia y consensuada salir del estanquillo, mojados y hambrientos, y formarse metros adelante en una fila que llevaba a la solemne ventanilla donde se les sellaba el pasaporte a mar abierto.

Apenas enlistados en el frente, se les hacía llegar una barca y se les empujaba ya aposentados en ella con rumbo al inhóspito océano.

Entre bombos y platillos, pañuelos blancos al aire y lágrimas de felicidad de las madres y las tías, y brindis con finos licores y bromas a discreción con alusiones a la sexualidad de aquel par de novatos navegantes por parte de los padres y los tíos, el minúsculo bote abandonaba su roce con la arena de la playa y se aventuraba hacia lo profundo del azul del mar.

A ello se le llamaba por entonces “el Matrimonio”.

Al paso de los días y las semanas, la sed, el hambre y el agotamiento, a razón de una pueril inexperiencia en las artes de la navegación y de la vida, se asomaban a la luz del incorruptible sol las más mezquinas y oscuras facetas humanas de estos dos supuestamente enamorados.

Todo era tan sencillo cuando nos mojábamos en un chapoteadero, rodeados los dos por nuestras enternecidas familias y con todas las facilidades de la vida con tan sólo estirar el brazo.

Hoy, lanzados al vacío como Eva y Adán ayer del paraíso, nos volteamos a ver y ni siquiera nos reconocemos, porque -a decir verdad- creo que nunca nos reconocimos el uno al otro,

(porque -a decir otra verdad- rodeados de tanto betún, nunca reconocimos nuestro propio pan interior)

El mar abierto es tan distinto a la piscina de agua dulce.

¿Por qué estaría prohibido por todos aquellos el hacernos a la mar solos y juntos un par de días o semanas, antes de firmar una sentencia vitalicia?

No nos hubiese caído nada mal exponernos a la vida del mar por un periodo limitado en prueba, a corta distancia de una playa si usted quiere, con tal de permitirnos conocernos mejor (a nosotros mismos primero, para al otro inmediatamente después) a la hora de las altas oleadas y las noches solitarias, en función de la compleja y duradera sociedad que iríamos a conformar en el futuro.

Ellos solían decir -los padres, las madres, los tíos y las tías- que en eso radica el cruel juego de la vida, y que Dios así lo quiso en sus sagradas escrituras, y que el matrimonio es y será para siempre, por los siglos de los siglos, y que Amén.

Visto desde aquí -y hasta entonces, y hasta allá-, el noviazgo solía ser a todas luces un cruel fraude.

Vulnerables.

BARCO 01

Se acabó la ilusión de controlarlo todo. Un minúsculo virus de la gripe nos puso en jaque, y las promesas otrora construidas de la modernidad hicieron maletas y se largaron del planeta tierra antes de recibir a sus puertas las notificaciones de millones de demandas por incumplimiento.

La especie humana sabía vivir con la vulnerabilidad, incluso usarla en su beneficio, antes de que se obsesionase con la prefabricada quimera de la felicidad.

El que nacía en la antigüedad con la fortuna de una buena salud sabía que en cualquier momento podía dejar de existir, y ello le daba sentido a su vida. En pleno XXI, antes de enero del año veinte, American Idol le daba sentido a la nuestra.

Por eso hoy -en el corazón de la cuarentena mundial- sufrimos de ataques de ansiedad, al no poder predecir el clima siquiera, ya no digamos el futuro.

“Dios estaba ya aburrido de nosotros, y se construyó un chiste llamado covid19, y se lo contó en voz alta, y se está en este momento orinando de la risa a nuestras costillas de Adán.”

Nos hemos convertido en débiles, por evitar ser vulnerables. Las revistas del corazón y la nota roja nos han hecho olvidar la fundamental diferencia entre ellas:

porque la vulnerabilidad es antónimo de ser débil.

Vulnerable es la existencia de la vida (en sí), y justamente la conciencia de ello nos hace más fuertes y nos empodera, nos levanta cada mañana a sabiendas que ésta -que la vida- es una apuesta perdida, que aún así hay que salir a jugar con todas las fuerzas acumuladas en los pulmones.

No podemos sentirnos orgullosos de habernos distanciado de las otras especies animales, por el simple hecho de creer que dominábamos las predicciones del futuro. El día en que abandonemos la ridícula adicción a la felicidad retomaremos la existencia orgánica.

Y volveremos a ser animales del reino de Darwin, y podremos regresar a mirarnos desnudos, sin ideales de quirófano, sin juicios de valor ni marcas de automóviles,

y volveremos a ser orgullosa y dignamente vulnerables.

 

 

Discutimos

ANCIANOS 02

Discutimos varias horas por la noche, la de ayer.

La sequía provocada por estrellas que prometieron llegar a cenar pero incumplieron, fue la única presente entre los golpes al aire y los otros atinados del festín.

El amor no es romántico, eso es una mierda inventada por los literatos pop.

Necesitábamos decirnos cuántas gotas de sangre nos sobraban, después de haber sobrevivido juntos a la hemorragia de la guerra. Los años que se fueron nos sirvieron para odiarnos lo suficiente para dejar de hacerlo al llegar el agotamiento. A partir de hoy, del cumpleaños de hoy, aspiraremos aire puro de la mano, y sólo vamos a discutir amablemente por las noches.

Los golpes se harán con guante, y nos despojaremos de éste y del resto de las ropas a la hora del postre, y de la añorada reconciliación. Nos diremos cuánto nos odiamos por hacer esto o aquello, o no hacerlo, o pensarlo y por no decirlo.

La gente por eso prefiere ver el televisor. Pelear es agotador. Y lo que más agota es conectarse con las sepultadas emociones propias, y aceptar lo oscuros que somos por naturaleza.

Explorar -aspirar, contemplar- la penumbra del otro, eso sí requiere arte. Qué fácil pareciera agonizar en solitario aunque compartiendo sillón, poniendo buena cara y prometiendo ir por más cerveza a la cocina en cuanto acabe el capítulo que va corriendo en el streaming service.

Nosotros discutimos. Nos llenamos de golpes las miradas y le escupimos agria saliva de fuego al plato del otro. Y no nos sentimos culpables, porque nos amamos.

Pero no con el amor romántico que se vende empaquetado y congelado en cualquier Wal Mart. Se necesitan arrestos para asomarse al armario sucio y silencioso del otro, después de ahogarse en el de uno mismo.

Amar es invocar al caos.

Tuvimos una mala noche.

insomne-pablo-espinosa

Sí, lo sabes, te ha pasado tantas veces como otras, que son las de dormir sobradamente bien, tranquilo y sin sobresaltos.

Tuvimos una mala noche porque la angustia es el precio (“de ser uno mismo“) de intentar algo. Venden muchos libros en estanterías poco serias, más bien de supermercado y botadero, que tratan de dibujar un luminoso mapa de la vida y sus caminos, ah, y del cómo recorrerlos.

Nadie le dijo a los marineros de hace siglos cómo ser felices mientras se hacían a la mar. Es más, la felicidad nunca fue tema de conversación en sus sobremesas.

Todo se trataba de sobrevivir, y ya.

Una mala noche es tan angustiante como un verano entero navegando en mar abierto. Nauseas y azules horizontes presumiblemente eternos, sudores y sábanas mojadas por los jugos de la soledad.

A un momento de cumplirse el plazo de la fatalidad, estaríamos dispuestos a firmar la muerte. Todas las nocturnas horas de oscuridad nos llevaron a rendirnos, y a decirle a dios que no vale la pena intentar seguir adelante.

Sus pruebas son inhumanas, dios es un esclavista.

Pero antes de jalar cualquier gatillo, la ventana comienza a delinearse por algunos rayitos de luz. Los sonidos del amanecer nos levantan de la cama a bocanadas de aire -como quien a punto de ahogarse en el mar encuentra fuerza para volver a asomar la cabeza a la superficie-, y nos liberan con ello de las cadenas que hacía apenas instantes nos adherían al ataúd envuelto en sábanas.

Salimos entonces a la banqueta, o al patio o al jardín. Y el aroma del viento nos convence de que el mundo está recién lavado, recién construido para nosotros, y de que vale la pena seguirse jugando el pellejo por nada, o por casi nada.

Al menos hasta que llegue otra vez la noche.

 

Sebastián (doce de diciembre)

CRUZ EN TUMBA 01

Corrían su maratón los entusiastas, los que vieron nacer el sol aquel doce de diciembre desde una cuna de aire fresco, de nube algodonada, desde las ganas de soñar que todo les iba a salir bien en la carrera.

Tu madre y yo les observábamos de lejos, desde una banca del eterno Jardín del Encino. Nos parecía verlos correr en cámara lenta, porque el dolor corrompe el ritmo legitimo del tiempo, y lo hace espeso, y lo vacuna contra la ley de la gravedad y le impone flotar sin rumbo, como un objeto en el espacio.

Desde el hospital donde te tenían en cautiverio y vía telefónica, nos avisaron tempranito que habías muerto. Que tus riñones colapsaron, y que había sido lo mejor para todos. Los médicos dominan la retórica de lo correcto, supongo que llevan materias sobre el tema en las aulas universitarias, y aprenden a invalidar el dolor humano de la muerte, después cobran sus facturas, se trasladan al club y se disponen a jugar al golf.

Cada doce de diciembre, cuando el maratón guadalupano paraliza las calles de la ciudad, y aparecen por doquier los peregrinos de la virgen morena, vuelve a detenerse nuestro tiempo, y nos abrazamos al dolor porque la nada no es opción en un universo de amor infinito

como el de nosotros para contigo.

Tu corazón no dejó de latir nunca, solamente se acunó en el centro de los corazones de aquellos que morimos a mitades con tu pequeño cuerpo de ocho meses de gestación.

Vives en nosotros, y sabemos que tenemos doble latido, y evitamos los diciembres ir a las consultas médicas porque los cardiólogos -esos del golf- pudieran declararnos con arritmias fatales, al escuchar por duplicado nuestros inexplicables tambores internos.

Estaremos conectados siempre, tú lo sabes y nosotros lo sabemos. Y en la siguiente vida te prometo que serás tú quien nos entierre de muertos.

Te amaremos hasta entonces.

Marshall (Dios dejó de ser un niño)

COMETA 01

Un cometa se apresuraba a reventarnos los talones, correr nunca iba a resultar suficiente. Pero el instinto es estúpido y nos persuade y nos hereda la estupidez al hablarnos al oído, al gritarnos al oído y convencernos de correr ante el inminente peligro de muerte.

Suponemos que vamos a vivir mañana, y adquirimos y luego aplazamos algunas deudas, y escribimos nuestros testamentos a lápiz, a manera de borradores, porque somos optimistas y programamos el despertador cada noche y nos abrazamos a la almohada,

y nos abandonamos al latido del solitario corazón.

Un cometa se apresuraba a abatirnos en la guerra de la noche, y aún así decidimos sin decirlo agarrarnos en par de las manos y correr más lento, aunque a la hora de huir resulta inoperante hacerlo en compañía.

(esa decisión silenciosa era una sentencia de suicidio)

De esa manera se termina de practicar el dogma del optimismo, porque es el amor lo que nos causa la muerte -hoy, mañana, siempre-. La necesidad de aferrarnos a la mano del otro nos condena a terminar sin latido, sin despertador y sin almohada.

Un buen día Dios bajará a la tierra y nos aplastará. Somos su juguete de la infancia, pero tengo la sospecha de que ya está dejando de ser un niño.

Este texto se llama Marshall, porque es una declaratoria de muerte por asfixia, como le sucedió a ese Marshall, el de Phoenix, minutos después de asfixiar a su madre -justamente con una almohada-

Marshall se lanzó al río, y también se ahogó. No hubo necesidad de que Dios le enviara el cometa.

No existe la justicia divina, dejémonos de engañar con ello.

Luna de plata.

Moon and night sky

Sin que nadie sepa a qué órbita obedeces, flotas en un sistema solar que nos queda a todos tus observadores muy cerca en apariencias a la vista, pero donde nadie nunca ha podido llegar a pie.

Tu piel es de plata entera, y recubre toda la esfera de tu corporalidad perfecta, brillante y luminosa.

Eres un espejo donde todos se miran y se gustan a sí mismos, sin dejar ellos de reparar -eso sí- en la propia belleza de tu geometría pulida con herramienta divina, quizá por las manos de un dios antiguo y griego que ama la joyería desde todos los tiempos, desde la lejana creación.

Todos admiran tus accidentes topográficos de luna, pero nadie se atreve a penetrar en tus dos cráteres, oquedades oculares donde sólo las aves de plumas de oro osan introducirse sin miedo a ser consumidas por el fuego.

Adentro de tu centro, habiendo entonces los cenzontles más sagrados ingresado por tus ojos sin fundirse al calor de la lava, encuentran a su vuelo una mezcla impronunciable de emociones que nadie nunca hubiera reparado que existieran debajo de tan perfecta cáscara de plata fría.

Las lágrimas de todas tus fiestas funerales de íntimo dolor guardado, son en paradoja los ríos que refrescan la música y la poesía que recorren tus sabias entrañas de madre, y así, la aromática experiencia humana -a razón de tu olfato sensible a todo el pasado y el futuro del universo- hace nido en tu transparente saliva cósmica.

Nadie sabe que estás tan viva por dentro, porque la belleza de tu carne les resulta a todos un opio irresistible, y deciden quedarse sólo con ello

(aún no entiendo por qué a la mayoría de los humanos les agrada mucho más la naturaleza meramente contemplativa, como jardines selváticos detrás de un cristal).

Se requiere ser anciano de pronunciadas arrugas dibujadas en los párpados caídos, para no sucumbir ante la fácil adicción que provocan los reflejos de tu piel de espejo.

Se requiere ser centenario -o acaso un eunuco- para descubrir que adentro de tu satélite de plata está la sabiduría milenaria, hirviente, de varias vidas reencarnadas, que seguramente fueron de míticos piratas asesinos o tiernos cuando nadie les ve, otrora de devotos monjes perseguidos por las huestes imperiales, o bien, siglos más tarde, de brujas que sucumbieron ante hogueras de la santa inquisición, por haber pensado diferente a su rebaño…

…tal y como lo haces mujer ahora en vida, en esta vida, en la que los dioses envidiosos te han tatuado a hierro la prueba más dura que la belleza más pura pudiera asumir,

me estoy refiriendo a tener piel de la luna.

Una noche muy feliz.

JAZZISTA 02

Te dijo un amigo tuyo que tocarían buen jazz en el sótano bar del centro de la ciudad.

Decidimos ir poco antes de la hora, porque moviste algunas piezas clave que lograron encontrarle compañía en casa a nuestro hijo, ya dormido para esa hora.

Pedimos un Uber, y desde ahí sentados ya íbamos bebiendo tequila Don Julio blanco, directo la boca de una botellita de doscientos mililitros de vidrio, que más tarde logramos ingresar al local de manera clandestina.

La música estuvo colosal. Eran dos argentinos, uno al piano y otro al sax improvisando sobre una base de canciones que anunciaban a cada tanto con nombres extraños que aludían a la naturaleza.

Mezclábamos a discreción nuestro tequila con el agua mineral que nos sirvieron a la par de las dos copas de tinto mediocre que incluían nuestras localidades, además de canapés, esos sí, de excelente manufactura.

Fue una noche muy feliz. Nos comportábamos como adolescentes, y nos besábamos mucho mientras la música se desarrollaba.

Uno de los músicos (el del saxofón) te miraba con mucha insistencia desde su arribo al escenario, hasta que se bajó de él entre muchos aplausos. Minutos después de terminado el recital, ya cuando nos perfilábamos a la puerta de salida, nos lo topamos aún dentro del bar y tú te abalanzaste a sus brazos. Le dijiste que nos había gustado mucho su música, y que lo habíamos pasado muy bien. Supongo que él agradeció y disfrutó bastante el gesto tuyo.

Bien sabes que esas cosas no me causan celos. Por el contrario, siempre me ha fascinado cuando sin pensarlo le muestras a otros con abrazos y caricias lo que te hacen sentir.

Fue una noche muy feliz.