¿Tú qué vas a saber del mar?

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¿Tú qué vas a saber del mar, pupilo de la mala memoria?

Mojado en los pies por bañeras de malas ideas contra lo desconocido, inculcas a tu hijo nuevo las artes de no aceptar el aire que respiran los otros, los que sí desgastan sus zapatos en las aceras de la ciudad percudida.

Tus pulmones no saben de aroma, te quedas callado con cualquier trueno. Eres pequeño por decisión propia ante la maravilla del amor del silencio, y nunca desde ayer te has dejado acariciar por él.

Tu casa estaba llena de plumas de ángeles que rellenaban las almohadas, perforadas por la pelea de esos dos cuerpos desnudos y felices.

Hoy sólo coleccionas corcholatas de cerveza, y pretendes que todo el trabajo de limpieza lo haga el televisor encendido.

Tu cama a diario soñaba ansiosa ser ultrajada, anhelaba tendida el no dormir otra noche. No importara si era sábado o martes, ella sabía comprender tus húmedas felicidades, tus compañías clandestinas y el dolor de encontrarte -a ti mismo- otras tantas lunas solitario.

Supongo que ella te amaba, porque no le mentías nunca.

¿Tú qué vas a saber del mar, si cuando haces vacaciones no permites a las olas golpearte más los pies, hasta convertirte en gota salada? ¿si predicas a los cuatro vientos el poder sanador de las piscinas cloradas?

Aumentas el volumen del bolsillo del corporativo, cuando recuerdas que mañana habrá angustia de vacío en tu enmicado amanecer. Y por ello compras cosas, cositas, souvenirs del cada viaje,

aunque -paradójicamente- ya no viajes nunca hacia mar adentro.

Si bien tomas aviones y transportes terrestres de prepago, te quedas en un hotel de plástico que todo lo incluye

(y estoy también hablando de la vida).

Once (de septiembre)

Diez años. Nos hemos vestido todas las mañanas juntos aunque a veces sin hablarnos, ni siquiera con los ojos.

Nos llevamos puestos los lunes los abrigos similares a los de esos individuos que están pasando por la banda móvil de la vida, solos, abandonados. Hemos descubierto que no siempre podemos ni queremos caminar tomados de las manos.

Hemos firmado un pacto en nuestras sábanas, para no volver a pagar por un ticket de entrada al cine y contemplar las mentiras de todas las películas románticas.

(la vida no es más todo el tiempo una calle de París de noche, se asemeja en ratos largos y tortuosos -más bien, más mal- a una banda peatonal de aeropuerto)

Nos besamos sin carga de saliva en esos lunes, nuestras lenguas sólo sirven para hablar y discutir. Y nos alienamos a la vida, la de perseguir peces que huyen de nosotros entre bolsas de plástico y cadáveres de llantas en el mar, la de manejar un automóvil y detenernos cuando la luz roja.

La vida de los autómatas que esperan el fin de semana para encender el televisor y triunfar disfrazando la diosa frustración de gloria ajena, con los goles de Lionel.

Pero en el fondo de nuestros recuerdos del futuro estamos juntos, y forcejeamos en ese sueño (incluso siendo un sueño) y nos quitamos la ropa y bebemos licores invisibles. Nos miramos a los ojos y prometemos no querernos cambiar, y reír de nuevo por cualquier cosa.

Justo antes de que el verde se asome a la ventanilla del semáforo de lunes, uno de los dos muere y el otro lo entierra. Eso nos despierta de aquel sueño del futuro y nos obliga a buscar un aroma en el cuello de una prenda olvidada en el asiento de atrás del coche.

Somos unos idiotas, porque nos amamos demasiado. Hemos dejado de consumir grasas saturadas en exceso para garantizarnos un poco de más años juntos.

La gente siempre habla. Los tuyos piensan que yo soy tu cáncer, y los míos que tú me estás arrebatando la libertad desde aquel once de septiembre del 2010.

Esa misma gente es de la que te hablo: la de la vida empaquetada en refirigeradores de Wal Mart,

la que encenderá el televisor el próximo domingo.

La inmortalidad de los ajonjolíes.

AJONJOLI 01

Se los obliga a saborizar o, peor aún, a ornamentar algún pan o platillo de diseño, según especificaciones de la tradición de lo nuestro, de lo preponderantemente humano.

Pasan desapercibidos por nuestra charla y llegan a la boca (suya o mía), para luego a la saliva, donde libran la batalla épica de no enamorarse ciegamente de la lengua, la que opera implacable y persuade a la garganta de, finalmente -entre ambos y en equipo-, lograr tragarse a todos los pequeños,

aunque nunca triturarles por las muelas -esas asesinas a sueldo-, porque éstos, los ajonjolíes, como ya le he dicho en el título de este texto son inmortales.

Transitan resignados y contra su voluntad por el tracto digestivo y se bañan, eso sí, temores cero, en los asesinos jugos gástricos sin que la catástrofe les roce, y observan en el intervalo la tragedia de la petulante carne roja, la de las verduras, y la de todas aquellas especies comestibles que otrora les veían con desprecio y burla por su diminuta escala y su ínfima aportación y protagonismo en la composición culinaria presentada en el plato que seguramente ya estará vacío y en el olvido de alguna tarja lavatrastes.

No hay dispositivos de absorción que a estas alturas de su llegada al intestino hayan podido desmembrar sus propiedades materiales, ni tampoco logrado estropearles el paseo por las tripas (suyas o mías), pues ahora mismo el peso de cada orgullosa semillita es de tonelaje imposible, porque no hubo además, kilómetros atrás, poder divino que lograse desintegrar su corporalidad monolítica.

De aquí en más todo es y será lúdico tobogán para estos invencibles huéspedes. Y como los ajonjolíes no tienen narices ni olfato que presumir, los comprometedores olores de las entrañas humanas les resultan inclusive, o bien, digámoslo con atrevimiento, existencialmente irrelevantes.

Y una mañana posterior, la primera o bien una cercana a la del manjar ingerido (por usted o por mí), la vida eterna -la de ellos, porque ya le dije que son inmortales- les tiene preparada una fiesta en piscina de porcelana, adheridos todos ellos -los triunfantes granitos- a un acomedido trozo de materia (vehículo de residuos del que no tiene caso hablar), milagrosamente íntegros y tan frescos como cuando la madre tierra les vio nacer,

en aquella cuna de sésamo, tan barriga al sol.

No habrá descuentos (De las jaquecas del señor Capital).

ARROGANCIA 01

Nuestros compromisos son ineludibles, lamentamos que no esté usted en pos de pagar la cuenta acumulada para con nosotros, a razón de haberle prestado en el pasado recién nuestros servicios.

Somos un corporativo serio y, muy a pesar de comprender la situación de la gran mayoría de los especímenes que componen la folclórica humanidad en este apocalipsis provocado, estamos tristemente imposibilitados de bajar nuestros costes o bien, de convenir prórrogas a los más necesitados.

La vida continúa, sepa usted, y nuestros trajes grises siguen requiriendo tintorería, nuestros zapatos alto brillo y lustre, y nuestras cabelleras gomina en generosas cantidades.

Demasiado pesar es para nosotros tener que abstenernos de ir al club deportivo a sesiones de vapor o sauna, debido a las medidas sanitarias precautorias establecidas por los gobiernos federales mundializados para beneficio de usted, de mí, de nosotros, de ustedes y de ellos.

El gerente -como ya se imaginaba- no lo puede recibir, así que haga el favor de pasar a la caja, formarse con paciencia y liquidar el histórico adeudo.

Es un placer servirle. Sírvase llenar antes de irse la encuesta de satisfacción que habrá de llegarle automáticamente por mensaje a su teléfono móvil.

Chapoteadero (el noviazgo solía ser un fraude)

NOVIOS 01

En una tierra muy lejana hace mucho, pero mucho tiempo, las instrucciones en los librillos de la vida cómoda, burguesa, decían en sus páginas intermedias de sus tomos de mayo y junio que el verano era, sin lugar a dudas, el mejor momento del año para chapotear.

Así que -páginas más adelante- se ofertaban descuentos en trajes de baño, camas inflables y flotadores salvavidas en los sitios online de los supermercados, además de direcciones web de balnearios y hoteles boutique, para estrenar las compras que cada optimista se había procurado.

Era tiempo para el apareamiento social.

Ya fuera con previa cita -habiendo elegido la compañía adecuada-, o con la intención y esperanza de encontrarse con algún atractivo desconocido en los alrededores de una alberca, los humanos nos alistábamos para la aventura del cortejo.

Una vez encontrándose en pares los interesados (y ya después del natural intercambio de miradas, no sin antes propiciar una exhaustiva comparativa entre los otros especímenes a los alrededores, con el fin de procurarse la mejor de las compañías), se estilaba convocar a las familias de ambos al recinto turístico, para invitarles a contemplar a corta y controlada distancia cómo éstos caminaban lentamente y de la mano rumbo a una piscina poco profunda y de temperatura amable para pasar mucho tiempo juntos.

A ello se le llamaba por entonces “el Noviazgo”.

Dependía de la precocidad de los jóvenes entusiastas, o bien, de la presión de sus allegados, el momento en que habrían de formalizar su relación posterior ello al jugueteo con el agua tibia, las charlas cotidianas, y el intercambio de caricias furtivas, para por decisión propia y consensuada salir del estanquillo, mojados y hambrientos, y formarse metros adelante en una fila que llevaba a la solemne ventanilla donde se les sellaba el pasaporte a mar abierto.

Apenas enlistados en el frente, se les hacía llegar una barca y se les empujaba ya aposentados en ella con rumbo al inhóspito océano.

Entre bombos y platillos, pañuelos blancos al aire y lágrimas de felicidad de las madres y las tías, y brindis con finos licores y bromas a discreción con alusiones a la sexualidad de aquel par de novatos navegantes por parte de los padres y los tíos, el minúsculo bote abandonaba su roce con la arena de la playa y se aventuraba hacia lo profundo del azul del mar.

A ello se le llamaba por entonces “el Matrimonio”.

Al paso de los días y las semanas, la sed, el hambre y el agotamiento, a razón de una pueril inexperiencia en las artes de la navegación y de la vida, se asomaban a la luz del incorruptible sol las más mezquinas y oscuras facetas humanas de estos dos supuestamente enamorados.

Todo era tan sencillo cuando nos mojábamos en un chapoteadero, rodeados los dos por nuestras enternecidas familias y con todas las facilidades de la vida con tan sólo estirar el brazo.

Hoy, lanzados al vacío como Eva y Adán ayer del paraíso, nos volteamos a ver y ni siquiera nos reconocemos, porque -a decir verdad- creo que nunca nos reconocimos el uno al otro,

(porque -a decir otra verdad- rodeados de tanto betún, nunca reconocimos nuestro propio pan interior)

El mar abierto es tan distinto a la piscina de agua dulce.

¿Por qué estaría prohibido por todos aquellos el hacernos a la mar solos y juntos un par de días o semanas, antes de firmar una sentencia vitalicia?

No nos hubiese caído nada mal exponernos a la vida del mar por un periodo limitado en prueba, a corta distancia de una playa si usted quiere, con tal de permitirnos conocernos mejor (a nosotros mismos primero, para al otro inmediatamente después) a la hora de las altas oleadas y las noches solitarias, en función de la compleja y duradera sociedad que iríamos a conformar en el futuro.

Ellos solían decir -los padres, las madres, los tíos y las tías- que en eso radica el cruel juego de la vida, y que Dios así lo quiso en sus sagradas escrituras, y que el matrimonio es y será para siempre, por los siglos de los siglos, y que Amén.

Visto desde aquí -y hasta entonces, y hasta allá-, el noviazgo solía ser a todas luces un cruel fraude.

Vulnerables.

BARCO 01

Se acabó la ilusión de controlarlo todo. Un minúsculo virus de la gripe nos puso en jaque, y las promesas otrora construidas de la modernidad hicieron maletas y se largaron del planeta tierra antes de recibir a sus puertas las notificaciones de millones de demandas por incumplimiento.

La especie humana sabía vivir con la vulnerabilidad, incluso usarla en su beneficio, antes de que se obsesionase con la prefabricada quimera de la felicidad.

El que nacía en la antigüedad con la fortuna de una buena salud sabía que en cualquier momento podía dejar de existir, y ello le daba sentido a su vida. En pleno XXI, antes de enero del año veinte, American Idol le daba sentido a la nuestra.

Por eso hoy -en el corazón de la cuarentena mundial- sufrimos de ataques de ansiedad, al no poder predecir el clima siquiera, ya no digamos el futuro.

“Dios estaba ya aburrido de nosotros, y se construyó un chiste llamado covid19, y se lo contó en voz alta, y se está en este momento orinando de la risa a nuestras costillas de Adán.”

Nos hemos convertido en débiles, por evitar ser vulnerables. Las revistas del corazón y la nota roja nos han hecho olvidar la fundamental diferencia entre ellas:

porque la vulnerabilidad es antónimo de ser débil.

Vulnerable es la existencia de la vida (en sí), y justamente la conciencia de ello nos hace más fuertes y nos empodera, nos levanta cada mañana a sabiendas que ésta -que la vida- es una apuesta perdida, que aún así hay que salir a jugar con todas las fuerzas acumuladas en los pulmones.

No podemos sentirnos orgullosos de habernos distanciado de las otras especies animales, por el simple hecho de creer que dominábamos las predicciones del futuro. El día en que abandonemos la ridícula adicción a la felicidad retomaremos la existencia orgánica.

Y volveremos a ser animales del reino de Darwin, y podremos regresar a mirarnos desnudos, sin ideales de quirófano, sin juicios de valor ni marcas de automóviles,

y volveremos a ser orgullosa y dignamente vulnerables.

 

 

Discutimos

ANCIANOS 02

Discutimos varias horas por la noche, la de ayer.

La sequía provocada por estrellas que prometieron llegar a cenar pero incumplieron, fue la única presente entre los golpes al aire y los otros atinados del festín.

El amor no es romántico, eso es una mierda inventada por los literatos pop.

Necesitábamos decirnos cuántas gotas de sangre nos sobraban, después de haber sobrevivido juntos a la hemorragia de la guerra. Los años que se fueron nos sirvieron para odiarnos lo suficiente para dejar de hacerlo al llegar el agotamiento. A partir de hoy, del cumpleaños de hoy, aspiraremos aire puro de la mano, y sólo vamos a discutir amablemente por las noches.

Los golpes se harán con guante, y nos despojaremos de éste y del resto de las ropas a la hora del postre, y de la añorada reconciliación. Nos diremos cuánto nos odiamos por hacer esto o aquello, o no hacerlo, o pensarlo y por no decirlo.

La gente por eso prefiere ver el televisor. Pelear es agotador. Y lo que más agota es conectarse con las sepultadas emociones propias, y aceptar lo oscuros que somos por naturaleza.

Explorar -aspirar, contemplar- la penumbra del otro, eso sí requiere arte. Qué fácil pareciera agonizar en solitario aunque compartiendo sillón, poniendo buena cara y prometiendo ir por más cerveza a la cocina en cuanto acabe el capítulo que va corriendo en el streaming service.

Nosotros discutimos. Nos llenamos de golpes las miradas y le escupimos agria saliva de fuego al plato del otro. Y no nos sentimos culpables, porque nos amamos.

Pero no con el amor romántico que se vende empaquetado y congelado en cualquier Wal Mart. Se necesitan arrestos para asomarse al armario sucio y silencioso del otro, después de ahogarse en el de uno mismo.

Amar es invocar al caos.

Tuvimos una mala noche.

insomne-pablo-espinosa

Sí, lo sabes, te ha pasado tantas veces como otras, que son las de dormir sobradamente bien, tranquilo y sin sobresaltos.

Tuvimos una mala noche porque la angustia es el precio (“de ser uno mismo“) de intentar algo. Venden muchos libros en estanterías poco serias, más bien de supermercado y botadero, que tratan de dibujar un luminoso mapa de la vida y sus caminos, ah, y del cómo recorrerlos.

Nadie le dijo a los marineros de hace siglos cómo ser felices mientras se hacían a la mar. Es más, la felicidad nunca fue tema de conversación en sus sobremesas.

Todo se trataba de sobrevivir, y ya.

Una mala noche es tan angustiante como un verano entero navegando en mar abierto. Nauseas y azules horizontes presumiblemente eternos, sudores y sábanas mojadas por los jugos de la soledad.

A un momento de cumplirse el plazo de la fatalidad, estaríamos dispuestos a firmar la muerte. Todas las nocturnas horas de oscuridad nos llevaron a rendirnos, y a decirle a dios que no vale la pena intentar seguir adelante.

Sus pruebas son inhumanas, dios es un esclavista.

Pero antes de jalar cualquier gatillo, la ventana comienza a delinearse por algunos rayitos de luz. Los sonidos del amanecer nos levantan de la cama a bocanadas de aire -como quien a punto de ahogarse en el mar encuentra fuerza para volver a asomar la cabeza a la superficie-, y nos liberan con ello de las cadenas que hacía apenas instantes nos adherían al ataúd envuelto en sábanas.

Salimos entonces a la banqueta, o al patio o al jardín. Y el aroma del viento nos convence de que el mundo está recién lavado, recién construido para nosotros, y de que vale la pena seguirse jugando el pellejo por nada, o por casi nada.

Al menos hasta que llegue otra vez la noche.

 

Sebastián (doce de diciembre)

CRUZ EN TUMBA 01

Corrían su maratón los entusiastas, los que vieron nacer el sol aquel doce de diciembre desde una cuna de aire fresco, de nube algodonada, desde las ganas de soñar que todo les iba a salir bien en la carrera.

Tu madre y yo les observábamos de lejos, desde una banca del eterno Jardín del Encino. Nos parecía verlos correr en cámara lenta, porque el dolor corrompe el ritmo legitimo del tiempo, y lo hace espeso, y lo vacuna contra la ley de la gravedad y le impone flotar sin rumbo, como un objeto en el espacio.

Desde el hospital donde te tenían en cautiverio y vía telefónica, nos avisaron tempranito que habías muerto. Que tus riñones colapsaron, y que había sido lo mejor para todos. Los médicos dominan la retórica de lo correcto, supongo que llevan materias sobre el tema en las aulas universitarias, y aprenden a invalidar el dolor humano de la muerte, después cobran sus facturas, se trasladan al club y se disponen a jugar al golf.

Cada doce de diciembre, cuando el maratón guadalupano paraliza las calles de la ciudad, y aparecen por doquier los peregrinos de la virgen morena, vuelve a detenerse nuestro tiempo, y nos abrazamos al dolor porque la nada no es opción en un universo de amor infinito

como el de nosotros para contigo.

Tu corazón no dejó de latir nunca, solamente se acunó en el centro de los corazones de aquellos que morimos a mitades con tu pequeño cuerpo de ocho meses de gestación.

Vives en nosotros, y sabemos que tenemos doble latido, y evitamos los diciembres ir a las consultas médicas porque los cardiólogos -esos del golf- pudieran declararnos con arritmias fatales, al escuchar por duplicado nuestros inexplicables tambores internos.

Estaremos conectados siempre, tú lo sabes y nosotros lo sabemos. Y en la siguiente vida te prometo que serás tú quien nos entierre de muertos.

Te amaremos hasta entonces.

Marshall (Dios dejó de ser un niño)

COMETA 01

Un cometa se apresuraba a reventarnos los talones, correr nunca iba a resultar suficiente. Pero el instinto es estúpido y nos persuade y nos hereda la estupidez al hablarnos al oído, al gritarnos al oído y convencernos de correr ante el inminente peligro de muerte.

Suponemos que vamos a vivir mañana, y adquirimos y luego aplazamos algunas deudas, y escribimos nuestros testamentos a lápiz, a manera de borradores, porque somos optimistas y programamos el despertador cada noche y nos abrazamos a la almohada,

y nos abandonamos al latido del solitario corazón.

Un cometa se apresuraba a abatirnos en la guerra de la noche, y aún así decidimos sin decirlo agarrarnos en par de las manos y correr más lento, aunque a la hora de huir resulta inoperante hacerlo en compañía.

(esa decisión silenciosa era una sentencia de suicidio)

De esa manera se termina de practicar el dogma del optimismo, porque es el amor lo que nos causa la muerte -hoy, mañana, siempre-. La necesidad de aferrarnos a la mano del otro nos condena a terminar sin latido, sin despertador y sin almohada.

Un buen día Dios bajará a la tierra y nos aplastará. Somos su juguete de la infancia, pero tengo la sospecha de que ya está dejando de ser un niño.

Este texto se llama Marshall, porque es una declaratoria de muerte por asfixia, como le sucedió a ese Marshall, el de Phoenix, minutos después de asfixiar a su madre -justamente con una almohada-

Marshall se lanzó al río, y también se ahogó. No hubo necesidad de que Dios le enviara el cometa.

No existe la justicia divina, dejémonos de engañar con ello.